Alergias e intolerancias alimentarias en la infancia: lo básico

5 min de lectura· 28 de junio de 2026alergias alimentarias infantilesintolerancias alimentarias niñosalergia leche huevo niños

Descubrir que tu hijo o hija puede tener una alergia o intolerancia alimentaria genera muchas preguntas y, a veces, bastante angustia. ¿Es lo mismo una alergia que una intolerancia? ¿Cómo se diagnostica? ¿Qué pueden comer? Esta guía recoge lo más importante para que puedas entender el tema con calma y actuar con seguridad. Recuerda que toda la información aquí es orientativa y nunca sustituye la evaluación personalizada de vuestro pediatra o de un especialista en alergología o nutrición infantil.

Alergia e intolerancia: ¿son lo mismo?

No, aunque a menudo se usan como sinónimos, son cosas diferentes. En una alergia alimentaria el sistema inmunitario identifica erróneamente una proteína del alimento como una amenaza y reacciona de forma exagerada. Esto puede ocurrir incluso con cantidades muy pequeñas del alimento en cuestión y los síntomas pueden ser graves.

En una intolerancia alimentaria, en cambio, el problema suele ser metabólico o digestivo: el organismo no puede procesar bien un determinado componente del alimento (como la lactosa o el gluten en la enfermedad celíaca). Los síntomas tienden a ser más digestivos y, generalmente, dependen de la cantidad ingerida.

Entender esta diferencia es importante porque el manejo, el seguimiento médico y el nivel de precaución necesario son distintos en cada caso.

Los alérgenos más frecuentes en niños

La normativa europea obliga a declarar 14 alérgenos de declaración obligatoria en el etiquetado de los alimentos. Entre los más habituales en la infancia destacan la leche de vaca, el huevo, el trigo, los frutos secos (como cacahuetes, nueces o avellanas), el pescado y el marisco.

En los bebés y niños pequeños, la alergia a la proteína de leche de vaca (APLV) y la alergia al huevo son especialmente comunes. La buena noticia es que muchas alergias infantiles, especialmente las de leche y huevo, pueden resolverse con el paso de los años, aunque esto siempre debe confirmarlo el especialista.

Cada niño es diferente, y el alérgeno responsable solo puede identificarse con pruebas médicas adecuadas. Nunca es recomendable eliminar grupos de alimentos sin un diagnóstico previo.

¿Cómo reconocer los síntomas?

Los síntomas de una reacción alérgica pueden aparecer en minutos o pocas horas tras la ingesta del alimento. Pueden afectar a la piel (urticaria, enrojecimiento, eccema), al aparato digestivo (vómitos, diarrea, dolor abdominal), a las vías respiratorias (pitidos, dificultad para respirar, mocos) o a la circulación (palidez, bajada de tensión).

La anafilaxia es la reacción alérgica más grave: puede comprometer la vida y requiere atención de urgencia inmediata. Si tu hijo presenta dificultad respiratoria intensa, hinchazón de labios o garganta, o pérdida de conciencia tras ingerir un alimento, llama al 112 sin demora.

Las intolerancias, por su parte, suelen manifestarse principalmente con síntomas digestivos: hinchazón, gases, diarrea o dolor de tripa, generalmente algunas horas después de comer el alimento problemático. Raramente suponen un riesgo vital inmediato.

El diagnóstico: un paso imprescindible

Ante la sospecha de cualquier reacción a un alimento, el primer paso es acudir al pediatra. El médico valorará los síntomas, el historial clínico y, si lo considera necesario, derivará al especialista en alergología pediátrica para realizar pruebas específicas.

Las pruebas más habituales para las alergias son el prick test (prueba cutánea) y la analítica de IgE específica en sangre. En algunos casos, la prueba de referencia es la prueba de provocación oral controlada, que se realiza siempre en un entorno médico supervisado.

Para las intolerancias, las pruebas varían según el tipo. La intolerancia a la lactosa, por ejemplo, puede confirmarse con un test de hidrógeno espirado o una prueba de eliminación y reintroducción controlada. La enfermedad celíaca requiere análisis de anticuerpos y, con frecuencia, biopsia intestinal. Insistimos: el autodiagnóstico puede ser peligroso y llevar a dietas innecesariamente restrictivas.

Alimentación equilibrada sin los alérgenos

Eliminar un alimento de la dieta de un niño en crecimiento puede afectar a su aporte de nutrientes si no se planifica bien. Por eso es fundamental contar con el apoyo de un dietista-nutricionista especializado en nutrición infantil, que ayude a cubrir todos los requerimientos de forma adaptada.

En el caso de la alergia a la leche de vaca, hay que asegurarse de que el niño obtiene el calcio y la vitamina D necesarios a través de otras fuentes (como legumbres, verduras de hoja verde, pescado azul, frutos secos si no hay alergia, o fórmulas específicas indicadas por el médico). Si se elimina el huevo, es importante mantener otras fuentes de proteína de calidad.

La dieta mediterránea ofrece una base excelente: es variada, rica en vegetales, legumbres, cereales, pescado y aceite de oliva, y permite hacer sustituciones sin comprometer la nutrición. Con orientación profesional, un niño con alergia o intolerancia puede comer de forma nutritiva, deliciosa y completamente adaptada a su familia.

Consejos prácticos para el día a día

Aprende a leer las etiquetas de los alimentos: los alérgenos de declaración obligatoria deben aparecer destacados en la lista de ingredientes. Desconfía de las etiquetas que indican 'puede contener trazas de…', especialmente en alergias graves, y consulta con el especialista qué nivel de precaución es necesario en vuestro caso.

Informa siempre al entorno del niño: colegio, comedor escolar, abuelos, amigos y cualquier persona que le dé de comer. En los centros educativos existe la posibilidad de solicitar una dieta adaptada y, en casos de riesgo de anafilaxia, el médico puede prescribir un autoinyector de adrenalina cuyo uso debe conocer el personal del centro.

No aisléis al niño de las actividades sociales relacionadas con la comida (cumpleaños, excursiones, celebraciones). Con planificación y comunicación, es perfectamente posible participar en todas ellas de forma segura y sin que el niño se sienta diferente.

Mitos frecuentes que conviene desmentir

Mito 1: 'Si se lo doy en pequeñas cantidades se irá acostumbrando solo'. Falso y peligroso en casos de alergia. La exposición sin supervisión médica puede desencadenar reacciones graves. Las desensibilizaciones existen, pero son tratamientos médicos controlados.

Mito 2: 'Todos los niños con eccema tienen alergia alimentaria'. No necesariamente. El eccema atópico tiene múltiples causas y no siempre se relaciona con una alergia a alimentos. El pediatra o dermatólogo pediátrico es quien debe orientar el estudio.

Mito 3: 'Las intolerancias son para siempre'. Depende del tipo. Algunas se toleran mejor con la edad, otras (como la enfermedad celíaca) requieren seguir la dieta de por vida. Y recuerda: ante cualquier duda sobre la salud digestiva o alimentaria de tu hijo, la consulta con el profesional sanitario siempre es el mejor primer paso.

Contenido orientativo, no sustituye el consejo de tu pediatra o nutricionista.

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